La muerte de Antonio Machado: lo que aprendemos de ella.

Tumba de Antonio Machado en Colliure

Tal día como hoy en 1939 moría en Colliure el poeta Antonio Machado. Cuando uno escribe sobre estas efemérides no sabe si centrarse en la vida o en la muerte. Hay cierta predisposición a la vida: relatar las vivencias del poeta, compartir su lírica y hacer hincapié en lo importante que ha sido para nuestra poesía. No seré el primero ni el último en ensalzar la figura de Antonio Machado y tampoco en confesar que le he robado más de una vez un verso o una metáfora para mi poesía, a veces de forma consciente, y otras sin darme cuenta, como aprecié cuando estuve visitando su casa de Segovia, donde leí un verso suyo que yo creía que era mío, sintiéndome en ese momento en deuda. A pesar de todo, la muerte de Machado tiene un peso y un simbolismo tan importante para nuestra Historia que vale la pena rememorar aquellos años convulsos en los que la Guerra Civil Española daba sus últimos coletazos y la Segunda Guerra Mundial comenzaba a hervir en Europa.

Con la entrada de los golpistas a Barcelona, innumerables personas tuvieron que exiliarse a Francia, entre ellas Antonio Machado, su hermano José Machado y su madre Ana Ruiz Hernández. La tarea no era fácil: debían cruzar los pirineos en pleno invierno, con lo puesto y con la poca ayuda que los lugareños y amigos en el extranjero les otorgaban. Dejaban atrás una Cataluña destruida y subyugada por los delirios patrióticos de los fascistas españoles, es decir, una Cataluña que afrontaba como podía la depuración cultural, la propaganda y, por supuesto, el asesinato y el encarcelamiento. Sin embargo, los exiliados se enfrentaban al frío, la enfermedad, el exilio y la desesperanza. Antonio Machado, como sabemos, no sucumbió al exilio y la desesperanza. Durante su viaje, mandó cartas por doquier en busca de un futuro prometedor en el extranjero, especialmente en la Unión Soviética, donde se encontraban refugiadas sus sobrinas y donde tenía planeado trabajar como escritor o literato. Tanto futuro invocaba que el día de su muerte llegó una carta donde se le ofrecía un puesto en la Universidad de Cambridge gracias a la mediación del hispanista y musicólogo John Brande Trend. Pero el frío y la enfermedad no dejaron que ese futuro se realizase.

Machado llegó a Colliure enfermo -de neumonía, según parece- y pasó su último mes de vida paseando por la calles de aquel pueblo de la costa mediterránea francesa. A pesar de que algunos diarios de la época como La Libertad afirmaron que Machado murió en un campo de refugiados francés (“A consecuencia de los padecimientos sufridos con motivo de la invasión de España y de su penoso exilio, ha fallecido en un campo de refugiados españoles, en las cercanías de Tolouse, el gran poeta español Antonio Machado.”), ese no fue el caso. Pasó sus últimos días ayudado por la dueña del hotel Bougnol Quintana y algunos vecinos del pueblo, de entre los cuales está la vecina que le cedió la tumba (que ilustra esta entrada con una foto que hice hace algunos años) donde aún descansa junto a su madre, quien murió tres días después que el poeta.

La muerte de Machado pone de manifiesto, una vez más, el dolor y el daño que producen las guerras. No son sólo los asesinatos (las bajas, se diría en contexto bélico), violaciones, robos y vejaciones que en ellas se cometen, sino todo el dolor que producen sus consecuencias. Machado, a pesar de las penurias y la enfermedad, nunca dejó de mirar al futuro y nunca dejó de ser el poeta que hoy conocemos. Pero también su muerte nos muestra cómo, en un contexto tan tormentoso, incluso uno de los poetas más importantes de la literatura se convierte, a ojos del país vecino y de sus cazadores, en un muerto más en el exilio, en un simple refugiado de guerra. Son estas miradas al pasado y estas efemérides vergonzosas tan necesarias para el mundo como el reconocimiento y los halagos a su poesía, pues también forman parte de nuestro acervo y también nos ofrecen grandes lecciones de humildad y sabiduría. Le hace a uno preguntarse cuántos Machados hubo cruzando la frontera para morir a veinte kilómetros de la misma, cuántos no consiguieron llegar, cuántos fueron apresados y fusilados (como el compositor Antonio José Palacios), y yendo más allá: cuántos y cuántas mueren en el mediterráneo hoy, cuántos y cuántas atesoran el futuro dentro de sí con la esperanza de salir de un país en guerra o de un campo de refugiados. Ahí está clave de por qué hablo hoy de la muerte y no de su vida y su poesía.

Concluyo diciendo que mientras los diarios profascistas de la época no dedicaron ni una misera línea a la muerte del poeta (véanse La Vanguardia o la revista Blanco y Negro), los diarios republicanos se hicieron eco de su muerte gracias a las noticias que llegaban de París. Resalto el pequeño pero maravilloso homenaje que le hizo el escritor Diego San José en el diario El Heraldo de Madrid el 27 de febrero de 1939, el cual nos sirve para ilustrar el aprecio que Machado ya tenía en su momento:

El poeta de la Libertad, que en los postreros años de su gloriosa vida adornó su inspiración con más alas que nunca y con ellas alcanzó, no la cumbre de la fama, porque a tan escarpada cima ya había muchos años antes de que ascendiera [sic], sino la de la consideración ciudadana, ha sucumbido como un esclavo irredento, entre un montón de hombres sin patria y sin hogar que todo lo perdieron por haber querido ser españoles sin tutoría extranjera.
Antonio Machado, partiendo de su solar hispalense, había recorrido España entera -como un bardo medieval-, llevando la lira en ristre impregnada del olor de todos los campos y de las lacerías encontradas a lo largo de todos los caminos. Pero no era el poeta adulador que sistemáticamente canta bellezas pocas veces encontradas, sino lacras, miserias y sombras escondidas en medio del corazón de los labriegos, en donde los empalagosos bucólicos de los siglos pretéritos sólo hallaron dulzores de mieles y diafanidades de agua cristalina. Puede decirse que contempló a Castilla desnuda, y por eso vio esas bellezas a la luz del sol y sus deformidades morales en las chozas y en las cabañas de sus moradores, en donde la codicia, la falsedad y el egoísmo tienen su albergue.
Sus Soledades, de oro de ley, de muchos más quilates que las de Góngora, serán el mejor breviario íntimo que se ha escrito en la lengua española durante los treinta y nueve años que cuenta el siglo XX.
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