Joan Margarit nos deja y es tarea nuestra custodiar su tesoro en plena oscuridad

En plena cuarentena, en esos meses de encierro y autoconocimiento, cuando todo, prácticamente todo, estaba cerrado, y las ciudades parecían darse una pausa, y nosotros con ellas, me llegó a casa, a mi antiguo piso de Madrid, una antología de Joan Margarit. Papel fino, grueso libro, donde se recogían todos sus poemas hasta la fecha, 2017. Ahora sé –he leído tras su muerte- que el poeta, el maestro, nos va a regalar en unas semanas el inédito ‘Animal de bosque’, y no dudo de que ahí estará presente su incansable humanidad, su fuerza perpetua por la vida, por vivir y resistir.

Recuerdo bien esa antología de Margarit, no solo por el momento imborrable, de cuarentena, en el que llegó a mis manos. La recuerdo, cómo no, por sus poemas; por cómo esa poesía, en mitad del encierro, me hizo abrazar -en un momento donde eso era imposible- la libertad. Porque en Margarit cabemos todos, nosotros, pero, sobre todo, cabe mucha, mucha libertad en: “una librería, / ir indocumentado, / canciones que una vez nos prohibieron. / Una forma de amor, la libertad”. Había leído ya algo del maestro anteriormente en los típicos blogs que se encuentra uno buceando por la red; poemas sueltos, poemas, siempre, certeros, de unas imágenes penetrables, imborrables, de una precisa certeza, de una imperdonable precisión. Digo imperdonable porque en aquel encierro que todos recordamos me vienen varias cosas a la cabeza. Yo salía entonces al balcón, de vez en cuando, tras leer uno, dos, tres, incluso más, poemas de Margarit, y me quedaba pensando; mi vista fija en algún otro balcón, en aquellos vecinos que ponían esa música y bailaban y reían, mientras afuera, más afuera aún de la realidad de nuestras casas, de nuestros metros cuadrados, la muerte se palpaba camuflada en el silencio de la ciudad. Como decía, imperdonable Margarit. Porque yo veía aquellas imágenes de mis vecinos, pensaba en la realidad que estábamos viviendo y, a la vez, me encontraba por entonces terminando de escribir un poemario –inédito todavía-, y leía a Margarit, lo leía rabiosamente, lleno de todo lo que afuera no me podía llenar, y me decía: ¿conseguiré algún día hacer lo que hace este hombre? ¿Colocar la palabra exacta para cada exacta situación y vivencia en un poema? No sé si algún día lo conseguiré y, si lo hago, desde luego no será tan preciso, certero, poético -al fin y al cabo-, como lo era el maestro Margarit.

La poesía de Margarit es tanto que no se puede explicar tan solo con un par de versos o poemas. Es tanto que es como un laberinto del que no se puede salir, y al que siempre acababas volviendo, como el perro a la tumba de su amo. Siempre vuelves para verte reflejado en el pasado o para descubrir algo nuevo; algo que estaba ya ahí entonces, la primera vez, pero que te llega ahora como una luz o una sombra, como la palabra exacta, precisa, que te hace cuestionar o cuestionarte y decirte así humano. En Margarit cabe todo: la poesía, el amor, la muerte, la soledad, la libertad. En Margarit cabe la imperdonable rebeldía por vivir.

Imperdonable, para mí, el maestro Margarit, porque llegó un día, cuando más lo necesitaba, abrió el balcón de mi antiguo piso y me enseñó, en su silencio de poeta, a mirar mejor, a dudar mejor, a vivir mejor. Imperdonable el maestro Margarit, porque se nos va cuando más lo necesitamos, en estos tiempos cada vez más faltos de humanidad, de reflexión, de vida. Imperdonable, para mí, el maestro Margarit, porque llegó a mi balcón, me abrió en mitad del encierro a la vida, y al llegar la noche, su noche, hizo lo que venía desde hace tiempo anunciando en su poesía: “Apagar la luz fue custodiar un tesoro”. Y lo hizo. Apagó la luz para que sigamos custodiando el tesoro de la vida.

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