Poemas entrelazados: de Catulo a Biedma.

Hablamos hoy de cuatro poemas entrelazados, de Catulo a Biedma, pues los caminos de la poesía son infinitos y se enredan, nótese la imagen, como una trenza o el genoma humano. Aviso: alguna de esta poesía es polémica y grosera.

Tres de estos poemas son de Gayo Valerio Catulo, poeta neotérico que escribió alrededor del año 600 a.U.c. (ab Urbe condita) y del que nos han llegado en torno a 116 poesías. Se conocen como neotéricos a un grupo de poetas latinos que se alejaron de la grandilocuencia lírica de la época para narrar vivencias más cotidianas, siendo tachados de vulgares y zafios, especialmente por el uso de un latín más popular.

El poema más conocido de Catulo es el Carmina V, escrito para su amante Lesbia. Carmina en latín significa “canto”, así que las traducciones que se hacen de las “carminas” como “cármenes” no son muy apropiadas, pues Carmen seguramente tenga un origen semítico (hebreo o árabe) que viene de la palabra “parra” o, por sinécdoque, “jardín”.

Carmina V

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos.
Que los rumores de los viejos severos
no nos importen.
El sol puede salir y ponerse:
nosotros, cuando acabe nuestra breve luz,
dormiremos una noche eterna.
Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta, no la sabremos nosotros
ni el envidioso, y así no podrá maldecirnos
al saber el total de nuestros besos.

A este poema le siguió una segunda parte, aun más hiperbólica:

Carmina VII

Me has preguntado, Lesbia, cuántos besos
tuyos llegarían a saciarme.
Tantos como arenas hay en Libia,
junto a Cirene, rica en laserpicio,
entre el oráculo del estivo Júpiter
y el sagrado sepulcro del viejo Bato;
o como las estrellas que, en la noche callada,
contemplan los amores furtivos de los hombres.
Tantos son, Lesbia, los besos tuyos
que podrían saciar al loco Catulo.
Tantos que los curiosos no pudieran contarlos
ni hechizarlos con lengua venenosa.

Las referencias a la mitología en este poema no son cultas, sino populares. Cirene fue una ciudad libia fundada por Bato donde había un templo a Júpiter y de donde era común el laserpicio, un condimento muy valorado en Roma que se extinguió pocos años después.

Por la cursilería del poema, Marco Furio Bibáculo, poeta de la época, y Marco Aurelio Cotta, cónsul romano, comenzaron a bromear sobre Catulo. La mofa no era solo por el tono, sino por el hecho de que Catulo y Furio compartían como amante a un jovencito llamado Juvencio, así que, presumiblemente, atacaron la falta de honestidad del poeta. Catulo, ante esa agresión, respondió de una forma no menos pugnaz en su Carmina XVI.

Carmina XVI

Os daré por culo y os follaré la boca,
Aurelio comepollas y Furio maricón,
quienes por mis versos asumís
que soy un corderito y un vicioso.
Ser casto conviene al poeta honrado,
mas sus versos no lo deben ser,
que tienen sal y encanto
si son tiernos y libidinosos,
y también si hacen picar el gusanillo
no a los críos, sino a los ya peludos,
a quienes no pueden ni mantenerse en pie.
¿Por mis “mil besos” me castigáis
tildándome de enfermo y sarasa?
Comedme la polla y que os den por culo.

La traducción que he hecho de las palabras soeces del poema es más o menos literal, en tanto que el latín es una lengua rica en palabras relacionadas con el sexo. Paedicabo significa “Dar por culo” e irrumabo significa literalmente “follar la boca». Pathice es sodomita, pero me he tomado la licencia de traducirlo como “comepollas” y cinaede significa maricón. Hay, evidentemente, cierta guasa en el poema, aunque la enemistad entre Catulo y Furio se supone real.

Diecinueve siglos después, Jaime Gil de Biedma, poeta circunscrito a la generación del 50 tomaría algunos versos del Carmina VII para introducir su famoso poema “Pandémica y Celeste”. En concreto, tomó los versos: “Tantos como arenas hay en Libia/ […] o como las estrellas que, en la noche callada,/ contemplan los amores furtivos de los hombres”. Para comprender la obra de Biedma y el uso de Catulo en este poema, debemos saber que el poeta tenía dentro de sí un gran sentimiento de culpa. Una culpa que, según los últimos estudios biográficos, estaba relacionada con unos abusos sexuales que Biedma sufrió en la infancia y que posteriormente le llevaron a tener una vida sexual agitada, muy parecida a la que relata el pianista James Rhodes en su autobiografía Instrumental, y, en muchos casos, insana, pues se reconoce en su biografía el haber practicado la pederastia y haber consumido prostitución, a veces con menores.

Sobre el poema, el título alude a Afrodita, la cual podía ser Pandemo, es decir, sexual, física y vulgar -del pueblo- o Urania/Celeste, esto es, psíquica, profunda y elevada -de los dioses-. Esta escisión del amor físico y mental nos viene de Platón, quien en su Banquete narra cómo una “sacerdotisa” llamada Diotima enseña a Sócrates y los presentes los dos tipos de amor que existen. Ello no deja de ser una aplicación del dualismo de Platón al amor. Por otro lado, y a modo de curiosidad, también hay una pequeña cita a Las Flores del Mal de Charles Baudalaire en el verso: “hipócrita lector -mon semblable-, mon frère! [Mi semejante, mi hermano]”, verso archicitado que encontramos en otros autores como T.S. Eliot (en La Tierra Baldía, por ser concreto). Aunque citar a Baudalire es habitual, como vimos en nuestro artículo sobre canciones artísticas. La escisión amorosa de Biedma viene, según sus biógrafos, de que para él sólo era posible el amor pandémico con las mujeres y el amor celeste con los hombres. Algo que, según mi opinión, debió de ser una tortura, pues nunca pudo amar plenamente a nadie.

Pandémica y Celeste

Quan magnus numerus Libyssae arenae
…………………………………………………………

aut quam sidera multa, cum tacet nox,
furtiuos hominum uident amores.

CATULO, VII

Imagínate ahora que tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos hombre a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector -mon semblable-, mon frère!

Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo a otros cuerpos
a ser posiblemente jóvenes:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.
¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir -aunque sea nada más que un momento-
igual deslumbramiento que a los veinte años !

Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.

Y por eso me alegro de haberme revolcado
sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,
mientras buscaba ese tendón del hombro.
Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones…
Aquella carretera de montaña
y los bien empleados abrazos furtivos
y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,
pegados a la tapia, cegados por las luces.
O aquel atardecer cerca del río
desnudos y riéndonos, de yedra coronados.
O aquel portal en Roma -en vía del Balbuino.
Y recuerdos de caras y ciudades
apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
de escaleras sin luz, de camarotes,
de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
y de infinitas casetas de baños,
de fosos de un castillo.
Recuerdos de vosotras, sobre todo,
oh noches en hoteles de una noche,
definitivas noches en pensiones sórdidas,
en cuartos recién fríos,
noches que devolvéis a vuestros huéspedes
un olvidado sabor a sí mismos!
La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota,
de la langueur goûtée à ce mal d’être deux.
Sin despreciar
-alegres como fiesta entre semana-
las experiencias de promiscuidad.

Aunque sepa que nada me valdrían
trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
Mi amor,
íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches mismas que le robo.

Su juventud, la mía,
-música de mi fondo-
sonríe aún en la imprecisa gracia
de cada cuerpo joven,
en cada encuentro anónimo,
iluminándolo. Dándole un alma.
Y no hay muslos hermosos
que no me hagan pensar en sus hermosos muslos
cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.

Ni pasión de una noche de dormida
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento,
los años de experiencia
de nuestro amor.
Porque en amor también
es importante el tiempo,
y dulce, de algún modo,
verificar con mano melancólica
su perceptible paso por un cuerpo
-mientras que basta un gesto familiar
en los labios,
o la ligera palpitación de un miembro,
para hacerme sentir la maravilla
de aquella gracia antigua,
fugaz como un reflejo.

Sobre su piel borrosa,
cuando pasen más años y al final estemos,
quiero aplastar los labios invocando
la imagen de su cuerpo
y de todos los cuerpos que una vez amé
aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.
Para pedir la fuerza de poder vivir
sin belleza, sin fuerza y sin deseo,
mientras seguimos juntos
hasta morir en paz, los dos,
como dicen que mueren los que han amado mucho.

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