Entre las siete y media y las ocho

Calculo a ojo de buen cubero que la tormenta de anoche se ha llevado consigo entre tres y cinco grados de temperatura. Son más o menos las siete y media de la mañana, hay nubes en el cielo y estoy bebiéndome un café con leche de soja en la terraza, en compañía principalmente de varias avispas. Si pudiera, dejaría este clima unos días más enganchadito en el cielo: mañana, tarde y noche. Solo para descansar del calor aplastante de esta semana que me ha obligado a quedarme en casa más de lo que me gustaría, en la penumbra de la cueva. El cambio climático también ha llegado a Suiza. Los pájaros me despistan, no dejan de hacer maniobras de vuelo desde el árbol de enfrente a la terraza de al lado de la mía. Salen todos en formación, serán unos diez. Por fuera parecen gorriones pero podrían perfectamente ser otra cosa porque yo nunca he entendido de pájaros. Me gusta pensar que son gorriones por el mero hecho de que me gusta como suena la palabra gorrión. Gorrión. Uno de ellos lleva ineludiblemente la voz cantante. Da instrucciones a los demás: ahora aquí, ahora allí, ahora de vuelta. ¿Estaré ante una autoescuela de vuelo? ¿Aprenden a cazar? ¿Aprenden a volar? ¿Cuál es el objetivo? ¿Hay objetivo? ¿Están jugando? ¿Es un improshow? Sale un autobús de la garita. Pasa una transeúnte, una señora de más de sesenta años con una mochila a cuestas y mallas de hacer deporte. Pelo blanco, tiene pinta de irse a pasear al bosque. En la misma calle, pasa un señor con chanclas y pijama. Ha salido de una esquina y se mete en un portal. Se desvanece dentro. Chico joven ahora, camiseta sin mangas naranja, pantalón corto, moreno, pinta de extranjero, dos bolsas pesadas una en cada en mano. Ha cruzado la perpendicular a toda velocidad y son solo las ocho menos veinticinco de la mañana. ¿Adónde diablos irá tan cargado? A los suizos les encanta madrugar y a mí también, por eso no me quejo. El espantapájaros acaba de toser, duerme con la ventana abierta. Hemos bautizado así al vecino de arriba porque está muy esmirriado, yo personalmente creo que es diabético y si fuera así no sería bonito haberle apodado el espantapájaros. Creemos que vive con su madre. Tendría sentido que el espantapájaros haya cedido la habitación principal (que queda literalmente encima de la nuestra) a su madre y que él durmiera y tosiera desde la habitación pequeña, que casualmente está al lado de la terraza. La carraspera no le ha despertado del todo, qué suerte, tiene un tono de voz que solo se le oye a él. Todavía hay silencio. Vecino en bicicleta a la velocidad de la luz. Otro autobús fuera de la jaula. Vecino mirando desde el otro lado del visillo. Vecino conocido, atractivo, también moreno, escuchando música, con paso tranquilo y perro extremadamente adorable pasa por delante: estáis en lo cierto, es mi novio con mi perro. Me saludan y se van, muy en contra de los deseos de mi perro. Vuelve a pasar la primera señora mayor de pelo blanco y mochila, al final no ha habido paseo en el bosque. Suena la madre del espantapájaros, suena el timbre de otro vecino. Al mismo tiempo, dos nuevas señoras, con carrito de la compra. Lo achaco a que hoy es día de mercado, pero podrían llevar perfectamente piedras en el carrito e ir a trabajar a una misteriosa cantera en las profundidades del bosque donde por algún motivo desconocido solo contraten a mujeres mayores madrugadoras. Se me ha quedado frío el café ya, como es lógico.

Etiquetas de la historia
, ,
Más de Sandra Cebrián Gil

Todo lo que necesitábamos escuchar sobre el 8 de marzo

Queridas amigas: Espero que no me toméis a mal que me dirija...
Leer más

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *