[Relato] Teatro moderno

Lleva diez minutos sentado en el solitario banco del parque de debajo de mi casa mirando hacia los arbustos. A este señor, la mascarilla no se le mueve ni un milímetro. Tiene el móvil en la mano derecha. De vez en cuando, lo desbloquea y se lo pasa a la mano izquierda con pesar, como diciendo: ocúpate tú que yo no puedo ya con esto. No sospecha que le están vigilando desde detrás de un visillo, o quizás sí, porque de repente mira hacia todas partes. Últimamente, la gente lleva cuidado de lo que hace o deja de hacer en la calle ya que puede haber polizones en cualquier ventana. Yo misma cumplí ese cometido en pleno confinamiento pero, ante la reprimenda de amigos y familiares por denunciar las conductas indebidas de los vecinos desesperados por un poco de aire fresco, llevo un tiempo desintoxicándome de mí misma, sin embargo, no he logrado dejarlo del todo. Ahora solo miro, analizo y observo desde la privacidad de mi casa, sin llegar a prevenir a las fuerzas del orden. Se pone de pie, se sube los pantalones y se queda quieto acariciando suavemente la hebilla del cinturón; se sube las mangas de la camiseta azul oscura que lleva puesta, en estas fechas ya empieza a apretar el calor; se vuelve a sentar. Todo indica a que ha suspirado y un suspiro a destiempo no es otra cosa que una queja corporal, un querer estar en otro lugar, mirando a otros arbustos y probablemente con otra ropa puesta. Escucho sonar su teléfono. Lo mira pero no lo coge. ¿Pero a qué diablos espera? ¡Lo está dejando sonar! El pillo se hace el interesante. Apuesto a que es un rollete el que le espera al otro lado de la línea. Noto como carraspea la nuez en el trozo de su garganta que deja al descubierto la mascarilla. Se seca las manos: le sudan. Volviéndose a sentar, con la calma de un cazador esperando a su presa, responde. Mirada seria al infinito, manos boca abajo encima de los muslos, inmóvil. Asiente un par de veces. Se toca los laterales de la frente con los dedos corazón y pulgar, como pensando con fuerza, valorando qué decir. Entonces sube y baja los hombros varias veces, cierra la mano derecha de forma que todos los dedos se tocan y la balancea adelante y atrás, tiene dudas sobre algo o algo le parece directamente increíble. Luego, con fuerza, sacude la mano estirada como quien toca una maraca a un ritmo infernal. Se baja la mascarilla para poder discutir mejor; su garganta se atraganta, las comisuras de la boca se le inundan de indeseable saliva y sus ojos se desbordan a gritos. Los míos, le imitan, catárquicamente. Se vuelve a subir la mascarilla, como si así pudiera camuflar el espectáculo que acaba de dar. Cuelga y mira hacia arriba, hacia mi ventana, donde se topa irremediablemente con mi presencia detrás del visillo, testigo de la catástrofe. Y yo, sin poder siquiera dejar unos segundos de tensión entre los dos, emocionada ante aquella opera prima protagonizada por aquel desconocido, no pude evitarlo: aplaudí. Aplaudí con fuerza, aporrée el cristal de la ventana, silbé, vitoreé a aquel caballero que se había olvidado de métodos teatrales, que se había permitido el lujo de sentir en los tiempos que corren, de experimentar la vida, que había transmitido una historia que le atravesaba por completo, que había sido más fuerte que él, que nos había llegado a todos, que me había movido cosas por dentro. ¡Otra, otra, otra! gritaba yo, pidiéndole, atrevida como nunca antes, un bis a ese actor de telenovela alcarreño, mientras mi marido me apartaba, como podía (amenzándome con denunciarme a mí a la policía) de aquella ventana. ¡No, por favor, te lo ruego! ¡Todo menos eso, querido! ¡Un actor se debe a su público! The show must go on. Hay segunda parte, seguro. Le van a volver a llamar, después de los créditos se tiene que saber algo más. Me desasí de sus brazos, coloqué el visillo en su posición más natural y me senté a entrever de nuevo el solitario banco del parque de debajo de mi casa, ahora ocupado por una señora mayor con un perrito blanco. “Segundo acto, apaguen por favor sus teléfonos móviles” dije en casa, con voz radiofónica “a excepción del caballero de antes, usted puede dejarlo encendido si quiere”.

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