De otoños y calabazas

Otoño de calabazas y tisanas

Abrimos las ventanas para ventilar la casa a finales de septiembre y cuando quisimos darnos cuenta, estaba terminando octubre y el otoño nos había llenado de hojas secas el suelo de la habitación. La brisa fría nos había creado escarcha en los libros que tenemos armoniosamente colocados en las estanterías del salón y durante la noche había congelado las pilas del mando de la televisión. Hemos vuelto hacia dentro sin darnos apenas cuenta. El cambio de la sábana por el edredón, la compra de una cafetera nueva o un filtro sin usar para el té a granel pueden haber tenido algo que ver con esta nostalgia que me atraviesa el jersey de cuello alto que llevo puesto ahora mismo, mientras escribo estas letras desde el sofá, y que llega directo a mi corazoncito veraniego.

Fijamos la vista en el interior de nuestra casa y las rutinas de marzo, abril y mayo se pueden palpar con las yemas de los huesos de santo, con el mazapán que probablemente degustemos solos en Navidad, con esa soledad que nace del confinamiento y muere en los brazos del otro, de aquel nosotros mismos del que no hemos querido ni oír hablar en todo el verano, de ese nosotros mismos que decidió ponerse un día a meditar y se enfrentó a la negrura de una mente tranquila, que se para, que no produce; una mente que debe convivir con nuestro cuerpo, muchas veces ausente y, otras, demasiado presente.

No nos queda otra que adueñarnos de la nostalgia otoñal, de los fantasmas y esqueletos que nos ha traído este Halloween tan solitario y hacerles un hueco también en el interior de nuestro hogar. Invitarlos a charlar un rato, servirles una taza de té caliente y conocerles un poco mejor hasta que dejen de darnos miedo. Podemos incluso cantarles un villancico de Michael Bublé para que se vayan haciendo a la idea de lo que será convivir con los espíritus de las navidades pasadas que seguramente le acompañen bien agarraditos de la mano a las próximas vacaciones. Yo, de momento, ya he descorchado la botella de vino caliente y he arrasado con la balda de los turrones en el supermercado. Las calabazas terroríficas están que no dan crédito. Nunca se les dieron bien los cambios.

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