¡Larga vida al Festival de Cine Lento!

Nos preparábamos en el recibidor de casa como quien se prepara para ir a la guerra: mascarilla (hecho), gafas (hecho), gel hidroalcohólico (hecho), jersey fino y jersey gordo por si abren puertas y hay corriente en la sala para evitar que se quede el aire concentrado (hecho), entradas (hecho). Una vez comprobado que no faltaba nada, nos sumergimos en las calles alcarreñas desiertas, como buen domingo de finales de noviembre. Con paso rápido y, notando ya las gotas de vaho pegadas a la tela de la mascarilla, llegamos a la entrada del teatro. La calle estaba repleta de gente: burbujas, grupos y grupúsculos de ojitos que se encontraban felices, sorprendidos o un poco confusos después de un larguísimo letargo cultural. En el ambiente reinaba un sentimiento claro por encima de todo lo demás: revolución artística. Y es que, luchar contra viento y marea para sacar adelante un evento como el Festival de Cine Lento no es tarea fácil en unos tiempos de incertidumbre en los que la cultura sufre los coletazos de una pandemia a la que todavía le queda mucho que decir. Yo me imagino que conseguir sacar adelante este festival en su ya décima edición en nuestra ciudad ha debido de ser una guerra sin cuartel en la que un grupo de mujeres artistas no ha cesado de cavar trincheras ni un solo día y en la que se han dejado atrás las armas para utilizar la perseverancia, el cariño y la creatividad, revolucionando por completo el panorama cultural de la provincia en este frío mes de noviembre.

Dicen algunos entendidos que todos los artistas llevamos un niño dentro al que debemos nutrir y alimentar para crear. Pero yo, en un alarde desaforado de valentía, me atrevería a afirmar que no solo los artistas llevan un niño dentro, sino que todo ser humano alberga dentro de sí una emoción infantil, un espacio donde la imaginación es posible, donde hay risas absurdas y diversión; donde se puede soñar, en definitiva. Y precisamente para ayudarnos a conectar con esa energía infantil que todos llevamos dentro y hacernos recuperar la esperanza en el mundo de la cultura apareció la grandísima EME, maestra de ceremonias un año más de la gala de cortometrajes del festival y abeja recolectora de sueños para cualquiera con inquietudes artísticas como esta servidora. Junto a ella disfrutamos de una selección de cortos maravillosa, internacional, llena de humor, con perspectiva de género, reivindicaciones políticas y ecológicas que no dejó indiferente a nadie. El premio gordo se lo llevo muy merecidamente “Carne” de Camila Kater, una fantástica coproducción brasileño-española que utiliza la analogía de la carne, desde ese punto de objetivización de la mujer, como escaparate para reivindicar las realidades femeninas tangibles (que no es una, sino tantas como mujeres existen), desde una perspectiva inclusiva y diversa. Bravo. También recibió un premio “Rewild” de Nicholas Chin y Ernest Zacharevic, que nos mostró los devastadores secretos de la selva de Sumatra que solo toman forma a vista de pájaro: la tala indiscriminada de palmeras y la desaparición paulatina del hábitat de miles de especies. Definitivamente, mucho sobre lo que reflexionar. Por último, el premio local cayó en manos del divertidísimo relato onírico de “La resaca” de Pablo Embid. El broche final lo puso el grupo madrileño Ombligo, formado por Anika y Ángel, que consiguieron que todo el teatro acabara cabeceando sus ritmos gypsy y folk.

En resumen, todo lo que ocurrió el domingo 29 de noviembre en el Teatro Buero Vallejo fue positivo, no solo para los que allí estuvimos, que despertamos del largo letargo cultural en que los acontecimientos nos habían sumido, sino para nuestra ciudad, para el cine y para el arte en sí mismo. ¡Larga vida al Festival de Cine Lento!

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