Dejarse Mate: Ajedrez, Semiótica y Filosofía.

El ajedrez es un juego/deporte lógico que proviene del chaturanga, un juego indio del siglo III. Los orígenes del chaturanga nos ponen de manifiesto el carácter semiótico del ajedrez. Según cuenta la leyenda, con el propósito de representar la batalla entre dos aspirantes al trono, unos sabios colocaron en un tablero una serie de piezas de marfil que representaban a los distintos regimientos de los ejércitos: infantería, elefantes, caballeros, el rajá, etc. a los que se le asignó una serie de movimientos y una posición en el tablero. A Europa, el juego llegó alrededor del siglo XV de la mano de los árabes, quienes trajeron una versión del chaturanga modernizada: el Shatranj, que ya tenía la disposición estructural que conocemos hoy, pero en la que algunas piezas y sus movimientos eran totalmente diferentes. De nuestro legado árabe proviene la palabra alfil, que significa “el elefante”, aunque en el ajedrez moderno el alfil representa al clero (en inglés, al alfil se le llama obispo: bishop). Otra de las diferencias del Shatranj es que la reina moderna se movía simplemente una casilla en diagonal y representaba al visir o la guardia real, según la traducción. Que la reina europea se mueva en todas direcciones y sin rango probablemente se deba a un tema de jugabilidad y estrategia más que a su significación.

El hecho de que las piezas representen regimientos de un ejército en una batalla, es decir, que sean signos icónicos, es tautológico y no vamos a entra en ello profundamente. La torre, por ejemplo, es un significante al que se le asocia de forma icónica (por semejanza) el significado de arma de asedio. Lo interesante es cómo cada cultura ha adaptado estos signos para representarse a sí misma, lo que hace ostensible que nuestros sistemas de signos (nuestros códigos semióticos) se forman influenciados notablemente por nuestro bagaje cultural. Sin embargo, ningún jugador de ajedrez entra dentro del “círculo mágico” del juego, es decir, los ajedrecistas no ven en las piezas el significado icónico que tienen asociadas y, ellos mismos, ni siquiera toman el rol de un general que maneja un ejército, a pesar de que todo juego es un juego de rol. Entonces, ¿qué significado toma cada pieza para el ajedrecista?

Ajedrez y pragmática: el significado está en el uso.

El ajedrez es un juego lógico, utiliza la lógica para jugarse, y la lógica necesita a la semiótica porque no existe lógica sin signos (así lo aseguran John Locke o Charles S. Peirce). Si vemos los campos en los que la lógica se desarrolla: la matemática, la programación o la retórica, los signos tienen un papel prioritario. En las matemáticas, los números son signos simbólicos (se construyen por convención) que están asociados a otros conceptos, tomando así un significado indicial. En la programación, la forma de comunicarse con el ordenador es a través de órdenes lógicas basadas en signos de distinta naturaleza que interpreta la máquina. En la retórica, los discursos necesitan del lenguaje (código semiótico) para construirse y compartirse. El ajedrecista, como jugador lógico, toma a las piezas como signos con los que crear sus propios argumentos; sin embargo, no toma su significado icónico para jugar (el caballo para el ajedrecista no es un caballo), sino que toma su significado indicial, el cual no es otra cosa que su potencialidad de movimiento (también su posición, pero entiendo que es intrínseco). De este modo, el significado indicial del peón de rey en la apertura está marcado por  su capacidad de movimiento: e3 y e4; y es este significado el que toma el ajedrecista para crear los procesos lógicos (argumentos) que le permiten jugar. En ajedrez, a esa potencialidad se la denomina calidad.

La calidad de las piezas en ajedrez se saca del movimiento potencial que éstas tienen, lo cual determina su valor. Existe un valor absoluto que se saca de la potencialidad ideal de cada pieza: los peones valen uno, el alfil y el caballo valen tres, la torre vale cinco y la dama vale nueve. A partir de ello, el ajedrecista puede valorar qué piezas puede intercambiar por otras, lo que es ya de por sí un argumento lógico. No obstante, el valor absoluto de las piezas no es el valor real de las mismas, esto es, el significado indicial de cada pieza está determinado por el contexto y por el uso. De este modo, en una posición determinada el caballo puede ser más valioso que la torre, lo que puede generar que el oponente “sacrifique la calidad” (cambie la torre por el caballo) porque su argumento tiene una razonamiento válido según el valor actual de cada pieza o la posición general de la partida (en ajedrez a esto se le denomina “compensación”). De igual modo, es natural en el ajedrez que el alfil vaya adquiriendo valor según pasa la partida debido a que, al haber menos piezas, sus movimientos posibles (y actuales) aumentan. Como vemos, los ajedrecistas utilizan los signos del ajedrez de forma indicial y dinámica para crear sus argumentos lógicos. Este dinamismo del signo y las diferencias entre su significado absoluto y su significado de uso son estudiadas ampliamente por la pragmática, corriente filosófica creada por Charles S. Peirce a finales del siglo XIX que en los últimos años ha tenido mucha importancia en los estudios de semiótica (no es baladí que Peirce también sea el iniciador de la escuela semiótica norteamericana).

Las aperturas: proposiciones, argumentos y temas.

El ajedrez, como todo discurso lógico, se construye a partir de proposiciones, es decir, cadenas de signos que dan lugar a fórmulas que pueden valorarse de forma booleana: verdaderas o falsas. El conjunto de varias proposiciones, siendo una de ellas una conclusión, se llama argumento. Peirce lo define así: «[c]iertos hechos se presentan de manera que puedan convencer a una persona de la realidad de cierta verdad, es decir, que la argumentación está concebida para fijar en su mente una representación de dicha verdad». El argumento, por tanto, es una búsqueda de la verdad, pero no es una verdad que tenga que ver con la realidad, sino una verdad que habla sobre la validez del argumento. En retórica esto es evidente cuando nos intentan convencer de un hecho que, sin nosotros poder contrastar como verdadero o falso empíricamente, damos por verdadero por la solidez del razonamiento.

Un ejemplo de argumentación en ajedrez son las aperturas. Una apertura es un conjunto de movimientos (proposiciones) que se da al comienzo de la partida y que se sustenta en una serie de reglas estandarizadas gracias al estudio de las mismas. Tengamos en cuenta que en el ajedrez se pueden dar aproximadamente 10100.000 posiciones distintas, lo que hace que cada partida sea diferente. No obstante, las aperturas tienen un número muy inferior de posiciones, y las aperturas sólidas un número aún más pequeño. Es por ello que esta serie de movimientos iniciales han podido ser estudiados y estandarizados en fórmulas que dan lugar a argumentos. Ejemplos de ello, para las piezas blancas, son el “Gámbito de Dama”, el “Dragón Acelerado” o la “apertura Ruy López”. Las piezas blancas inician el juego y proponen una argumentación en forma de apertura, lo que determina el devenir de la partida, siendo partidas agresivas, defensivas, posicionales, etcétera. El jugador de negras, si conoce el argumento de su oponente (si conoce la apertura), puede aplicar contraargumentos igualmente estandarizados: “defensa Najdorf”, “defensa Phillidor”, “defensa Rusa”, etcétera. O bien, si no lo conoce, puede ir contraargumentando las proposiciones hechas en cada jugada. Al final de la fase de apertura, si las blancas han conseguido llevar su argumentación bien probablemente hayan quedado en una posición de ventaja, esto es: han tenido una argumentación (apertura) sólida. Si no lo han conseguido, entonces las negras habrán conseguido contraargumentar bien las proposiciones del jugador blanco, esto en ajedrez (y en toda disciplina lógica) se llama “refutación”.

Como vemos, el ajedrez es un juego en el que se ponen en práctica las habilidades lógicas de dos contrarios, como ocurre en la dialéctica o en el método científico. Las proposiciones son el modo en que el juego es jugado. No sólo hablamos de los anidamientos de condicionales: si muevo el caballo aquí, entonces X, y si X entonces Y, y así ad infinitum; sino también proposiciones de otros tipos o argumentos silogísticos: “el peón mueve una casilla hacia delante, la casilla está ocupada: no puedo mover el peón.” El jugador, por tanto, está continuamente basando sus movimientos en proposiciones. En algunos casos, especialmente cuando los jugadores son buenos y tienen una visión amplia del juego, se pueden proponer temas. Un tema en ajedrez es un argumento (como lo era la apertura, que no deja de ser un tipo especial de tema) en el que se busca un objetivo táctico. Por ejemplo, en una posición determinada nos podría interesar doblar nuestras torres en una columna. Viendo esto, podríamos ir haciendo proposiciones para llegar a nuestro objetivo, mientras el rival lo trata de refutar o va proponiendo su propio tema táctico. Aquí entraría de nuevo lo pragmático. Si bien “doblar torres” es un tipo de tema que suele dar ventaja, no lo hace en todos los casos; en los casos es donde entra en juego la capacidad analítico-lógica del jugador. Dentro de la semiótica, a los tipos se les puede llamar legisignos: son leyes que se aplican en un sistema organizado y tienen un carácter general. Los legisignos son productos abstractos de la mente que no pueden darse por sí mismos en la realidad, para hacerlo requieren de “réplicas” que toman la forma de sinsignos, que sólo pueden darse en la realidad y están encarnados, o, lo que es lo mismo: casos. “Doblar torres” es, de forma abstracta, una ventaja táctica, pero en una partida real, en la que el hecho está encarnado, puede ser un argumento inválido o contraproducente. En algunos casos, para la realización de un tema, se puede hacer un sacrificio.

El gambito: Kierkegard y el sacrificio.

El gambito es un sacrificio que se da en la apertura con el fin de conseguir cierta ventaja posicional a cambio de perder una pieza. Desde el punto de vista de la calidad (el significado indicial), el dar una pieza puede parecer que nos hace perder puntuación absoluta, sin embargo, como hemos dicho anteriormente, el valor de las piezas está en el uso, en su significado indicial actual, y, por tanto, los gambitos (que están ampliamente estudiados) suelen ofrecer una notable compensación. Podríamos decir que la compensación se consigue de la siguiente forma: perder un peón puede hacer que nuestro caballo (con una valor absoluto de tres puntos) adquiera un valor de uso de cinco puntos. Esto es, con el sacrificio de un punto absoluto (el peón), hemos adquirido dos puntos dinámicos. O al contrario, podemos devaluar el valor de una de las piezas del oponente, como ocurre con el “Gambito Evans”, en el cual atraemos al alfil negro enemigo a una diagonal menos útil y además ganamos valor dinámico en nuestras piezas (en nuestro alfil negro especialmente).

Los sacrificios son las jugadas más atractivas del ajedrez por dos razones: la primera es que un sacrificio es una proposición que normalmente no se tiene en cuenta y, por lo tanto, tiene la capacidad de crear sorpresas en el oponente y en los espectadores, lo que es fundamental para el espectáculo. La segunda es que un sacrificio suele formar parte o iniciar un tema táctico, lo que crea ciertas expectativas en torno a cuál es el argumento con el que se va a atacar y cómo el oponente va a refutarlo. Además, un tema con un sacrificio nos hace ver la profundidad con la que los jugadores de ajedrez entienden sus posiciones y sus posibilidades, comprendiendo de ese modo la hondura de su pensamiento lógico. Vemos, pues, que el ajedrez tiene su propia narrativa y su propia poética desde la cual se establecen categorías estéticas. Lo bello y lo sublime se encuentran en comprender la posición y el valor dinámico de sus piezas, y en la creación de argumentos sólidos y profundos. Como en una novela, en la que un buen giro en la trama nos produce una sensación de bienestar y expectativa, un buen sacrificio tiene ese efecto para quien especta una partida de ajedrez.

Podemos distinguir, a grosso modo, dos tipos de sacrificios, aludiendo a los que Kierkegard describió en su libro “Temor y temblor”: el sacrificio de resignación infinita y el sacrificio de fe.

El sacrificio de resignación infinita es aquel sacrificio en el que sabes a ciencia cierta que vas a ganar valor posicional o recuperar posteriormente la pieza. Kierkegard decía que el caballero de la resignación infinita hace un sacrificio por un bien mayor, a pesar del dolor y el peso que esto pueda suponer para su existencia. El ajedrecista sacrifica su pieza siendo conocedor del bien mayor que le espera tras su ofrenda, pero sabiendo que eso le compromete a sacar partido a esa proposición a lo largo de la partida.

El sacrificio de fe es el más atractivo. El caballero de la fe, para Kierkegard, se sacrifica sin saber qué le espera al otro lado, ofreciendo su destino a lo absurdo y a la incertidumbre. El autor existencialista pone de ejemplo a Abraham, quien ofrendaba a su hijo a Dios sólo porque éste se lo había pedido sin saber qué le depararía el futuro. El sacrificio de fe en ajedrez, en realidad, sólo es posible gracias a un amplio conocimiento del juego y una gran intuición sobre las reglas que lo rigen. Consiste en sacrificar piezas o posiciones porque “parece, tiene pinta de” que el resultado a larga va a ser positivo, sin haber calculado las posibilidades y refutaciones reales que se pueden hacer al sacrificio. Este sacrificio de fe lo encontramos en jugadores como el Gran Maestro húngaro Richard Rapport (No creo tener ningún tipo de filosofía, simplemente elijo jugadas aleatorias” dijo en una entrevista), el Mago de Riga Mijaíl Tal (quien dijo: “Hay dos tipos de sacrificios: los correctos y los míos”) o, en España, el Gran Maestro David “El Fo” Lariño Nieto, quien es un experto en complicar las posiciones y sacar rédito de ellas.

La celada: la empatía, el juego y el otro.

Los sacrificios también afectan a otro de los elementos con los que juega el ajedrez: la psicología. El ajedrez es un juego de contrarios, que no de enemigos, en el que no sólo debemos crear argumentos, sino también hacérselos valer al rival y refutar los que él nos proponga. De este modo, muchas partidas no se basan simplemente en lo que ocurre en los sesenta y cuatro escaques, también se juega con las expectativas, los conocimientos y las emociones del rival. Un sacrificio bien hecho supone para el otro un imprevisto que debe solventar y que, en la mayoría de casos, no ha tenido en cuenta. Si aplicamos además el factor tiempo, pues en el ajedrez el reloj es un rival más al que hay que aplacar, la presión puede desestabilizar una partida y hacer que el rival cometa fallos o no vea la forma de refutarnos. Entre los sacrificios más conocidos están las celadas, un tipo de jugada en la cual se invita al contrario a equivocarse poniéndole una trampa, normalmente regalando una pieza. No obstante, esta pieza es una manzana envenenada, pues si el rival decide comerla lo más probable es que pierda la partida. Si bien en jugadores experimentados las celadas no suelen salir bien y, de hecho, se ven normalmente cuando la situación es desesperada; en partidas de bajo nivel, las celadas tienen bastante efectividad. Ello ocurre porque para que una celada tenga efectividad, el rival tiene que confiar mucho en su criterio y minusvalorar el de quien hace la celada. De este modo, el rival pensará que la celada no es una trampa, y sí un fallo, por lo que irá directo a ella como el ratón va a un trozo de queso tirado sobre el suelo. En partidas de alto nivel las celadas pierden efectividad porque los jugadores conocen las altas capacidades de sus contrarios, aunque se han dado casos.

El estilo de juego también puede desequilibrar la psique del rival. Jugadores creativos como los ya citados Rapport y “El Fo”, los cuales complican enormemente la partida con movimientos inesperados, hacen que el rival tenga que poner un esfuerzo extra en calcular qué es lo que está pasando. En ocasiones sale bien y en otras el contrario encuentra la refutación de esas proposiciones inesperadas. Otros casos de estilo de juego desequilibrante viene dado por el “sentido del humor” de los jugadores. Por ejemplo, el campeón del mundo Magnus Carlsen, que ya de por sí genera presión estar ante él, en ciertas ocasiones ha tirado de mofas para construir su juego. Así ocurrió frente al Gran Maestro Leineir Domínguez en el Grand Tour de Saint Louis de 2019, cuando Magnus Carlsen trató de dar un “mate del pastor” (el “mate del pastor” es un jaque mate corto que se da en niveles muy muy bajos), desafiando de este modo a Leineir.

Este tipo de fenómenos nos sugiere que los argumentos, los temas y las jugadas pueden convertirse a sí mismos en signos. Es decir, que el campeón del mundo trate de realizar un “mate del pastor” a un Gran Maestro es en sí mismo significante, y por ello es normal que a ello se le dé un significado: el de una broma, el de una falta de respeto o el de un gesto desafiante, por poner algunos ejemplos. Ese lugar, el de las jugadas significantes, es desde donde uno se comunica con el rival con el propósito de seducirle para que caiga en una trampa, para que se confunda por la complejidad de una situación o para que se exaspere por una falta de respeto. Igual que el lenguaje se juega, como decía Wittgenstein, el ajedrez se juega y se juega, pues como sistema sígnico (y lógico) tiene la capacidad de crear significados que están fuera del tablero.

Dejarse mate”: lo performativo y lo enactivo.

El ajedrez, con su capacidad significante, además de servir como forma de comunicación para sí mismo y entre los jugadores, también sirve para comunicarse con el mundo. Para comprenderlo debemos hacer mención a los actos del habla de John Langshaw Austin. Para este filósofo del lenguaje, existe un tipo especial de enunciación que no describe nada ni emite juicio alguno pero que toma su significado del propio hecho de enunciarse. El ejemplo clásico es el verbo “prometer”. Cuando uno promete, lo que tiene valor en la enunciación es el hecho mismo de prometer, porque la promesa se realiza, se encarna y es en el mismo momento en el que se enuncia. Luego esta promesa puede romperse o no, pero su realización fue hecha en el momento en el que se enunció. La performatividad fue después desarrollada por los postestructuralistas Jacques Derrida y Judith Butler, dotando a la propia acción de contenido semántico, lo que actualmente se estudia bajo las teorías enactivas y del gesto, así como en objetos de estudio multidisciplinares como el feminismo o la música. Lo que nos interesa es que realizar una acción, performar, genera y transforma la realidad física e intelectual. En realidad, esto se podría aplicar ya a lo que hemos visto: a cómo el ajedrez juega para comunicarse, pues ya de por sí las jugadas son actos performativos; no obstante, lo introduzco ahora para ir un paso más allá.

En 2017, la campeona del mundo y gran maestra Hou Yifan, en el torneo Tradewise de Gibraltar, realizó una jugada muy polémica con el fin de protestar contra el sistema de emparejamientos del torneo. Hou Yifan se quejaba de que, a pesar de que el número de ajedrecistas hombres en el torneo era notablemente superior, de sus diez emparejamientos, siete eran mujeres; lo que estadísticamente era un hecho bastante insólito y, por tanto, se podía pensar que había cierta manipulación (luego se comprobó que no había manipulación y que todo había sido fruto de la casualidad). Para protestar, Hou Yifan, en su partida contra el GM indio Babu Lalith, hizo cinco movimientos sin sentido y después abandonó. Esto le hizo ser el blanco de muchas críticas porque es una práctica antideportiva y una falta de respeto para el rival (ella, por supuesto, pidió disculpas); no obstante, ese acto performativo puso sobre la mesa algunas cosas. En primer lugar, se comprobó el sistema de emparejamiento, algo que, aunque anecdótico, no hubiera ocurrido de otra manera; y, en segundo lugar, avivó el debate sobre cómo debería ser el campeonato del mundo de ajedrez femenino o hasta qué punto no se podría hacer un campeonato del mundo mixto. Cinco malos movimientos sobre el tablero fueron significantes para el mundo real.

Otro ejemplo notable sería el conocido Match del Siglo, la final del campeonato del mundo de 1972, en medio de la Guerra Fría, que enfrentó al estadounidense Bobby Fischer contra el soviético Borís Spasspki. Se han escrito ríos de tinta sobre el encuentro, diciendo de él que fue una batalla más de la Guerra Fría y una gran derrota para el comunismo soviético. En realidad, ni Spasski era comunista ni Fischer fue un gran patriota, como se demostró posteriormente; no obstante, sí que supuso un revulsivo para que el ajedrez fuese tomado en serio por la sociedad, especialmente en Estados Unidos. Sea como fuere, todo lo que ocurrió en aquel tablero -y fuera de él- ha sido analizado al milímetro y, en consecuencia, se ha generado mucha cultura en torno a aquel partido, y también innumerables mitos. El mayor mito fue Bobby Fischer, quien se convirtió, con su estilo agresivo, sus finales de torre y caballo, y su personalidad disfuncional en el héroe de una generación que vio en el ajedrez algo más que un juego para nerds: un deporte en el que un tío como Fischer, que escuchaba Rock and Roll, se rebelaba contra las normas y ponía en jaque a los dos países más poderosos de la Tierra, se alzaba como campeón mundial para después, simplemente, desaparecer de la faz de la tierra. El impacto y el significado del Match del Siglo es un indicio claro de la capacidad de significar del sucesor del chaturanga indio.

¿Y lo de “dejarse mate”? Este artículo viene de que el otro día mi hermano, con la mordacidad que le caracteriza, me escribió un Whatsapp que decía: “Partidón el segundo de Magnus Carlsen contra Wesley So”. Se refería (creo) a lo que pasó en la final del Skilling Open, en la que Magnus Carlsen, el mejor jugador de ajedrez de la historia y además a una distancia suprahumana, se “dejó mate”, es decir, tuvo un fallo que hizo que su rival Wesley So le hiciera jaque mate. “Dejarse mate” no es algo que se vea a menudo en partidas de alto nivel, y mucho menos en partidas largas como ésta, por lo que el hecho de que el mejor jugador de la historia tenga un error así me parecía que tenía un significado especial. Como mínimo, indica que todos somos seres humanos, incluso Carlsen, aunque me llamó notablemente la atención lo divertido que resultaba que un jugador como él se dejara hacer mate así (aunque al jugador noruego se le podía ver ostensiblemente cabreado en la retransmisión). Entonces recordé a Hou Yifan y su polémica rendición, que era otra forma de «dejarse mate», y las diferentes reacciones que había suscitado. De ahí que haya hecho este pequeño ensayo sobre semiótica y ajedrez: con la humilde intención de desentramar, al menos superficialmente, las razones por las que un caso es divertido y el otro polémico, qué significados guarda el ajedrez y cómo se forman sus signos. Sé que la justificación ha de ponerse al comienzo, pero así ha sido y hasta aquí hemos llegado.

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